jueves, 29 de noviembre de 2012

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NUEVO RÉGIMEN- VS -VIEJA GOBERNABILIDAD








El modelo del Estado Eficaz que propone el Presidente Enrique Peña Nieto, exige pactar una estabilidad social y política duradera que haga viable las grandes reformas para la transformación de México y este objetivo fundamental no es compatible con los métodos de la gobernabilidad agotada basada en el chantaje por prebendas electorales o económicas para beneficio de liderazgos partidistas, corporativos y caciquiles. El nuevo Presidente de México tendrá que sacudírselos desde el centro y desde los estados; desde todos los rincones.  De no avanzar de inmediato en esa dirección, EPN se enfrentará, desde la entrada de su administración, entre otros, con dos poderosos obstáculos: a) el creciente costo presupuestal y la improductividad social de la frágil gobernabilidad consistente en reaccionar a las pulverizadas demandas de grupos de presión y b) la ineficacia de una política social asistencialista inoperante ante el crecimiento sostenido de los rezagos sociales. c) Una administración pública heredada, incompatible tanto con el modelo de Estado eficaz como con la nueva gobernabilidad, pero eso sí, en poder de miles de directores incrustados de última hora por acuerdo de Felipe Calderón. Esto será el desencanto del Pacto Político propuesto por PAN y PRD a Enrique Peña Nieto y la evidencia que México sigue posponiendo sus transformaciones al inmediatismo de la disputa por el poder.






Solo el carácter de Estado que se le otorgue a la política económica y social logrará sustraer a ambas como objeto de la disputa por el poder político. La restitución del estado de derecho y de su capacidad reguladora de la vida económica y social del país, solo será posible por la vía de la corresponsabilidad de todas las fuerzas políticas organizadas. De la suscripción del Pacto impulsado por PAN  y PRD depende el futuro de México. En la base de la pirámide social y política tendrán que darse los respectivos alineamientos, sean por la vía de la persuasión o por la del llamado a la rendición de cuentas que incluye a las organizaciones sociales y productivas.


LEGALIDAD Y PROTESTA JUVENIL

Estabilidad y acuerdos para regeneración institucional del Estado y la implementación concertada de políticas de mediano y largo plazo o continuismo reactivo de las decisiones barnizadas de discurso modernizador de la gestión pública. Tal es el contexto de las movilizaciones, marchas y actos de presión y, entre estas, las de origen estudiantil de alto impacto en las redes sociales y la proyección de la imagen de los gobiernos en turno.



Prácticamente en todos los países del mundo se ha visto la presencia de jóvenes que realizan manifestaciones y actos de protesta. El fenómeno social y cultural no es nuevo, nada de lo creado por la mano del hombre está libre de ser motivo de protesta, ni siquiera las expresiones que podrían llamarse “extremistas” como los llamados a la acción ilegal de parte de jóvenes cuya sensibilidad o grado de marginación social los coloca en el terreno de pronunciamientos identificados con el pensamiento anarquista.



La expresión juvenil puede tener muchas lecturas; destaco dos:

a)       Como producto de la inconformidad ante el escenario de incertidumbre y la falta de oportunidades latentes en su percepción del mundo que les rodea.
b)       Como expresión con base seudoideològica a veces de corte marxista o alguna de sus variantes.



Para el régimen de gobierno, las manifestaciones juveniles del perfil que sea  no representa problema hasta que surgen actos de ilegalidad. Por eso importa reflexionar sobre los exhortos dirigidos a los jóvenes a que se manifiesten en espacios públicos, en ejercicio de sus derechos constitucionales.



En diversos tonos y modalidades, el discurso desde le poder convoca a los jóvenes a conducirse dentro de los cauces legales y a no afectar los derechos de terceros, no dar lugar a provocaciones o actos ilegales y ser mas concretos o focalizados en sus demandas dado que la tendencia observada es a incluir  toda clase de peticiones sin limite territorial o de competencia de las autoridades. Por ejemplo es común observar que sus proclamas que incluyen  desde la exigencia de un comedor estudiantil, la eliminación del calentamiento global, la expulsión de un director, el incremento en el presupuesto a las universidades, la dotación de lotes para vivienda de una colonia, contra la violencia de género en la publicidad, etc.


Independientemente de lo anterior, al manifestarse en los centros educativos, en las calles, plazas o en las redes sociales, los jóvenes y principalmente los universitarios, ejercen derechos políticos constitucionales igual que lo hace cualquier otro sector u organizaciones social.


En cuanto a las autoridades responsables directos de la gobernabilidad y del orden público, cumplen con su deber de exhortar a los jóvenes a que se conduzcan legal y en forma pacífica. Un exhorto que puede abonar a favor del ejercicio civilizado de los derechos políticos si incluye absolutamente a toda la sociedad y sus actores. La discriminación mediante la cual unos cuentan con facilidades de expresión  y otros no, es signo de ejercicio arbitrario del poder lo que  evidentemente debilita a las instituciones.


En la falta de una cultura de la legalidad entramos todos los actores y en el esfuerzo por afrontarla como reto absolutamente nadie debe estar ausente.



La convivencia pacífica y civilizada supone un orden jurídico cuya observancia la hace posible. Sin embargo, es pertinente aclarar que el  desarrollo de una cultura de esta naturaleza  no se va a lograr por más exhortos que desplieguen los gobernantes. Además de la eficacia en el combate a la violencia y la impunidad, se requiere de esfuerzos deliberados que proporcionen a los ciudadanos las herramientas para defenderse.   El respeto por la legalidad es una meta que el gobierno debe fomentar de manera  permanente y mediante esfuerzos ampliamente participativos pero sobre todo, que los ciudadanos sepan del costo tan elevado que hay en una sociedad de  ilegalidad generalizada.



Precisamente por el reto descomunal que representa crear una cultura así,  es por lo que importa que las autoridades emprendan de inmediato un programa específico con esta finalidad que involucre a todas las instituciones y organizaciones sociales y que llegue a todos los sectores de la sociedad  y a todo el territorio. Un esfuerzo que incluya de manera permanente a los medios de comunicación, líderes de opinión  y las organizaciones de periodistas, entré otros.


Todo el sistema educativo debe participar de manera activa y desde luego la propia  Universidad Veracruzana. Niños, adolescentes, adultos, todos debemos hacer conciencia de nuestros derechos y obligaciones.

La cultura de la legalidad tiene que apreciarse en todas las esferas, en todos los ámbitos, incluso en la formación de nuevas generaciones para que desde los primeros años de edad rechacen toda forma de violencia en lugar de que se acostumbren, se diviertan y pierdan la capacidad de asombro como ya nos está ocurriendo. Es evidente que la cultura de la violencia y de la ilegalidad  debe ser contrarrestada  con esfuerzos en contrario, inteligentes y permanentes.

El comportamiento legal como el ilegal debe servir para el fomento de esta cultura de la legalidad. No hay razón para que la disposición al dialogo y al acuerdo dentro de la legalidad,  sea solo merito de las autoridades y no también de los actores concurrentes. Tampoco hay razón para que la sanción o sentencia por actos ilegales o violatorios de normas, sean objeto de secrecía cuando se trata de actos objeto de derecho público.


Todo conflicto resuelto en el marco de la ley y por la vía de la negociación y el dialogo debe merecer la más amplia difusión (no protagónica) para que cumpla su función pedagógica ya que hasta ahora lo más difundido han sido los triunfos de la violencia, la impunidad, la corrupción de la justicia, la presión a cambio de canonjías, del mal ejemplo y la turbia negociación.


La gobernabilidad la hacemos posible todos e implica un cambio cultural, dijo el Secretario de Gobierno, Gerardo Buganza en cierta ocasión ante organizaciones empresariales; un cambio  que demanda campañas permanentes de difusión de derechos y obligaciones de los ciudadanos, una enorme tarea en la que es deseable que participen todas las organizaciones sociales empezando por los colegios de abogados y los estudiantes de la carrera de derecho.





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