Muchos creen que un Presidente Municipal de una ciudad
como Xalapa es un todo poderoso que con solo mover un dedo logra que las cosas
sucedan a modo y eso es una gran mentira a partir de la cual se inventa otra que hace referencia a la
existencia o inexistencia de “voluntad política” en el Presidente, entendiéndose
por esto la disposición para atreverse a tomar aquellas decisiones difíciles
que exigen desafiar la reacciones de intereses afectados.
La mañana que asistí al desayuno de Otero Ciudadano con el Alcalde Américo Zúñiga Martínez, escuché palabras de Juan Carlos Stivalet, estimada
persona y cabeza de una organización empresarial. Con otras palabras: “en
este país se tiene que hablar fuerte para que te escuchen y Xalapa
necesita un presidente líder con fuerza
que hable fuerte porque solo así le toman en
cuenta los otros poderes”.
Pero .......... ¿De dónde proviene la fuerza y la
voluntad de un Presidente Municipal? O sea, lo que hace la diferencia
entre “nadar de a muertito” y trascender mediante grandes decisiones, gestiones
y acciones de beneficio colectivo, subordinado a este fin, el interés personal,
de particulares o de grupo, cualquiera que estos sean.
Como dijo Américo esa mañana, “siempre vamos a encontrar
reacciones a las decisiones que se tomen”.
La pregunta concreta que se antoja es la siguiente: ¿cómo o de dónde un Presidente
Municipal puede adquirir el poder y la fuerza necesaria para tomar
ciertas decisiones que es necesario tomar por el bien de la comunidad cuando el
hacerlo va contra el interés particular de una persona o de un grupo de
presión?
Un abogado diría que
la fuerza de un Presidente no es otra que aquella que proviene de “ejercer las
atribuciones que la Constitución y las leyes le otorgan”.
Un dinosauro joven y del
sistema dirá que el Alcalde no tiene más poder que el que le transmita el Gobernador
que lo promovió para ese cargo.
Un contador o un
economista dirán que la atribución jurídica sin la lana, vale gorro y que por
lo tanto, todo depende del presupuesto y más específico, de las participaciones
federales que opere el edil.
Un moralista o crítico
de la corrupción diría que lo anterior no es suficiente, que se requiere de la
autoridad moral que proviene de gobernar con honestidad y “sin cola que te
pisen”.
Algunos ciudadanos
desinformados opinarán que el Presidente Municipal cuenta con la fuerza pública
para poner orden y, por ejemplo, impedir que 50 manifestantes bloquen el
derecho a la circulación de miles de conductores. Quienes así opinan ignoran
que hace rato, con o sin razón, a los gobiernos locales se les quitó ese poder
coercitivo de la autoridad y ahora solo lo tiene el Gobierno Federal o del Estado
por lo que si a éste le parece, enviará la fuerza pública pero si fuese
el Gobernador o alguno de sus secretarios
los están detrás de los supuestos líderes, ya ni le cuento. Yo he realizado
sondeos de opinión entre los ciudadanos de la calle y 9 de cada 10 opina que
detrás de marchas y plantones hay un político del poder o intereses no
visibles pero muy distintos a los que se leen en volantes, cartulinas o
mantas. Incluso hay evidencias de que los alcaldes son rehenes de ciertos
grupos de presión que han hecho de su capacidad de movilización el más poderoso
instrumento de negocios ilícitos disfrazados en ocasiones de “demandas
populares” que no reparan en actos de presión hasta que las decisiones y
presupuestos de obra del Ayuntamiento les favorezcan,
todo esto mediante negociaciones opacas y jamás documentadas para aquellos que
creen en el derecho de acceso a la información.
Por su parte, un
administrador dirá que la fuerza proviene de que el alcalde cuente con
“un equipazo” de personas capaces, honestas, con ética de servicio público, con
cultura de equipo, incapaces de anteponer sus intereses y aspiraciones personales
al deber de trabajar con eficiencia y entrega de resultados en beneficio de su
comunidad. Supuesto inexistente en un sistema político cuya movilidad
depende del ejercicio electorero del poder.
Un analista político diría que
se necesita de todo lo anterior, de unidad y apoyo de su Cabildo pero
además de audacia, imaginación, y una comunicación eficaz con los
ciudadanos y sus organizaciones, directa, transparente, respetuosa pero sin
reservas para hablar con la verdad y decirse lo que se necesite sin
ocultarle nada. Amplia simpatía de los ciudadanos, de organizaciones de la
sociedad civil, sindicatos afines y demás organizaciones que lo apoyen. O sea
un poder político con el que casi nunca cuenta un alcalde, al menos al inicio
de su gestión y, si carece de recursos para pagar facturas electorales, más
débil será su poder.
Bajo estas condiciones y circunstancias un tanto
simplificadas, un Presidente Municipal si quiere tener el poder de que
las cosas sucedan, tiene que empezar con lo que tiene, sacudirse polilla y
ataduras perniciosas y alentar la
participación, el volumen de voz de la ciudadanía, y ser sensible a la
inconformidad. En otras palabras jugársela con la mayoría de
ciudadanos y organizaciones carentes de voz y “empoderamiento, o sea con los más
necesitados.
Tiene que contar con todo lo anterior o sea con el
consenso y la fuerza política de los empresarios y de los trabajadores, pero
también de los inconformes de la sociedad reclamante de servicios, la voz de
los atropellados y pisoteados en sus derechos constitucionales y por décadas,
los que pasan y pasan administraciones y no mejoran sus condiciones de vida por
la falta de obra o servicios municipales.
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